Situación que viví, como si de una novela negra se tratara, al demandar a  una subcontrata de Sadiel, llamada Suntel (nombre ficticio), que me tuvo contratado durante más de 4 años.

Cuando ocurrieron las circunstancias, llevaba más de 6 meses trabajando en un proyecto de Sadiel y no sabía si continuaría o me incluirían en otro. Esta situación llevó a Suntel a ofrecerme el traslado a Madrid por falta de proyectos en mi ciudad o, en caso de no aceptarlo, el despido con 20 días por mes trabajado (más de 4 años) en vez de los 45 que me correspondían. El mío no era un caso excepcional, más bien parecía el modus operandi de esta empresa.

Ante esta situación decidí interponer una demanda por cesión ilegal por la que llegamos a un acto de conciliación entre Suntel, la empresa que me contrataba; Sadiel, la empresa que me subcontrataba; y yo. Sadiel, como en muchos actos similares, no se presenta al acto. De Suntel se presenta el gerente con su abogado. Y yo, con la mía.

La idea que mi abogada y yo defendíamos era la seguridad y estabilidad de mi puesto de trabajo, o el despido que me correspondía.

Entre las conversaciones, algo caldeadas, el gerente de Suntel dice: “pero si es un buen técnico, ahora mismo hablo con el jefe de proyectos y si da el visto bueno cerramos el tema sobre la marcha”. Mi abogada y yo salimos del despacho y les dejamos hablar tranquilos.

Al volver a entrar, cambian totalmente el discurso y de querer incluirme en el equipo pasan a decirme: “Bueno, habláis del despido, ¿cuáles son vuestros números? ¿Cuánto habéis dicho que aceptaríais?”. Mi abogada niega eso y el gerente de Suntel y su abogado me preguntan a mí varias veces y con vehemencia. Antes de darme tiempo a decir nada, mi abogada lo vuelve a negar y volvemos a salir.

Yo totalmente perdido. Ella me dice: “Creo que nos están grabando con el móvil y eso no es actuar de buena fe”. De perdido paso a estar a cuadros. Era como en las pelis. Volvimos a entrar y se dio por terminado el acto sin llegar a nada claro. La demanda seguía adelante.

Al salir y realizar la firma correspondiente, el gerente con actitud de contrariado dice, más o menos: “eso no me lo esperaba, ahora la cosa va a ser de otra forma que ya he visto que por las buenas y dialogando no ha podido ser”.

Firmamos, nos fuimos, volví a mi puesto de trabajo y diez minutos después me pasan un móvil, “es el gerente”.

GERENTE – Mira, no pensaba que esto fuese a acabar así.

YO – Yo tampoco quería una situación así, también contaba con que las cosas fueran de otra forma.

G – Pues visto lo visto, la situación ahora cambia y tú ya no estás en el equipo de desarrollo, con lo que tu horario ahora no tiene las ventajas de los que sí lo están, háblalo con alguien de RRHH y que te diga cómo va.

Y – Pues muy bien, ahora se lo comento.

G – Y otra cosa, yo no estoy actuando de malas ‘todavía‘ pero si quisiera, tú esta mañana has faltado al trabajo de manera injustificada y podría tener repercusiones.

Y – Pues mira, yo ayer envié un correo diciendo que si no había problema vendría al trabajo después del acto y me dijeron que sólo era necesario traer el justificante.

G – Pues eso sólo lo puedo autorizar yo como gerente que soy.

Y – Pues llevo 4 años haciéndolo de este modo y nadie me ha dicho lo contrario. Además, también me parece un sinsentido ya que he estado contigo. Y al igual que yo estoy actuando y defendiendo lo mío, haz tú lo mismo y toma las medidas que creas. Es una falta leve y si tienes razón la acepto, pero no me amenaces.

G – Yo no te he amenazado. Te he dicho que no estoy de malas ‘todavía‘ y que no lo voy a tener en cuenta. Pero que es una ausencia injustificada.

Y – Pues perdona, pero ese ‘todavía‘ es una amenaza.

G – … (me intenta explicar lo que es una amenaza) …

Y – Vale, eso es una amenaza.

G – Bueno, pues eso, habla con alguien de administración y le dices lo del horario.

Y – Venga yo se lo comento, hasta luego.

G – Adiós.

Al final del día, mi abogada me comentó que después de todo estuvo hablando con el abogado de la empresa, me despedían con lo que me correspondía legalmente de indemnización y a la siguiente semana se ultimarían los detalles. También me comentó que solicitaban mis servicios hasta acabar el mes y las tareas pendientes, y entonces me darían el finiquito, si no, no habría despido. Tal y como estaba el ambiente no me gustaba la idea pero acepté.

La siguiente semana, me llama la abogada para aclararme los detalles y me comenta que han añadido al acuerdo la siguiente cláusula:

“Por último manifiesto que durante el tiempo que he estado prestando mis servicios para la Sociedad, ésta siempre ha cumplido con sus obligaciones laborales y de Seguridad Social y que en ningún momento la misma ha llevado a cabo actuaciones encuadrables en una situación de cesión ilegal de trabajadores, y expresamente me obligo a no interponer ninguna acción ante ninguna jurisdicción por tal motivo frente a la Sociedad.”

La abogada, grande donde las haya, corrigió ese párrafo y envió el siguiente:

“Por último manifestar que dado que con el cumplimiento exacto del contenido de este documento ambas partes nada tienen que reclamarse por ningún concepto, expresamente mi cliente, para que no haya lugar a dudas al respecto, renuncia al ejercicio de acción alguna de cesión ilegal.”

La corrección me parecía justa y correcta, lo otro, no. Me dijeron que si no firmaba esa cláusula, no había dinero. No quería eximirlos de las irregularidades cometidas. No firmé y la demanda continuaba.

Un par de mañanas después le escribieron a mi abogada algo más o menos como esto:

“Pese a no estar de acuerdo con la existencia de cesión ilegal, dinos día y hora para que lleguemos a un acuerdo”.

Todo concluyó de la manera acordada, en la recepción aséptica de un hotel. El gerente no apareció.

Tuve la oportunidad de hablar con el jefe de proyectos y me comentó que tras confirmarle al gerente que podría formar parte del equipo de desarrollo, este le respondió: “bah! es que meter en el equipo a un tío que ya nos ha puesto una demanda…”. Después de esta aseveración fue lo de la grabadora.

Mi objetivo siempre fue regularizar mi situación, ellos no se comprometían a ofrecerme un empleo estable y me pareció justo zanjar el asunto con mi despido. Al quedarme en cualquiera de las dos empresas, si hubiese sido posible, estaría sometido a la presión constante del despido o el traslado. Tristemente, y tal y como están las cosas en estas empresas, ninguna me aseguraba más estabilidad que el paro.