Un euro por saco de naranjas


Jon Fernando González estaba a punto de cumplir los ocho meses sin empleo y sin derecho a paro cuando vio, en un locutorio de Triana, un cartel. Buscaban personas para trabajar en la recogida de naranjas. Necesitaba el dinero, necesitaba un empleo. Llamó. Se citó con el empresario a las ocho y media de la mañana del 11 de febrero. Según él, no hubo instrucciones, contratos, ni medios. Sólo una escalera, un blusón para acumular las naranjas conforme se iban recogiendo, un saco para guardarlas y un precio: un euro por cada saco lleno, con unos 20 kilos de frutas. Así estuvo hasta las cinco de la tarde.

Entonces, su escalera, apoyada sobre un árbol de la calle San Jacinto, se movió, él se agarró a una rama, y ésta se partió. Su cuerpo, el de un joven delgado y de tez morena, de 23 años, se desplomó. Ahora, espera encerrado en su casa a que cicatricen sus heridas: las fracturas de un brazo y de la pelvis, que pueden requerir al menos tres meses de rehabilitación.

"Cuando me caí, me di por muerto. Estaba mareado, vino una joven a preguntarme si estaba bien y me ayudó". Fue entonces cuando Jon se dio cuenta de lo que realmente había ocurrido: "Al llegar la ambulancia, me preguntaron si el empresario me había dado de alta. Les respondí que no. Y entonces llamaron a la Policía y me dijeron que habían cometido un delito grave conmigo". En ese momento, llamaron al mismo teléfono del cartel del locutorio de Triana. Pero el empresario, que tenía un contrato del Ayuntamiento, no pudo ir. En ese instante estaba atendiendo a otra mujer, que se había caído horas antes, en el mismo barrio, con un trabajo idéntico. Ella sigue en el hospital en estado grave.

Ni a Jon ni a su compañero -un amigo al que él llamó para no quedarse sólo recogiendo las naranjas- les sorprendió la respuesta del empresario. Horas antes de su caída, una vecina de Triana se acercó a hablar con ellos: "Nos preguntó si estábamos recogiendo las naranjas sólo con esa escalera. Y cuando le dijimos que sí, nos dijo que unas calles más allá una mujer se había caído y sangraba mucho. Nos pidió que tuviéramos cuidado". Pero siguieron trabajando. Su explicación es la misma que da al ser preguntado sobre por qué aceptó un trabajo con una apariencia tan insegura y sin papel alguno: "No lo pensamos. Sólo dijimos que había que recoger más porque así conseguiríamos más dinero. Tenía tantas ganas de trabajar que no pensaba esas cosas".

A Jon le habían dicho, según su relato, que estaba "a prueba". Creía que le mantendrían y que le harían un contrato. Cuando tuvo el accidente lo pidió: "Le solicité que me diera de alta. Él me respondió que iba a hablarlo con su abogado. No me llamó. Lo hice yo. Y me dijo que no me podía dar de alta porque en mis condiciones no podía trabajar. Que si yo se lo hubiera pedido, me hubiera dado de alta. Y que cuando me recuperara le podía llamar. Un día me colgó y no hemos vuelto a hablar". Ni siquiera ha cobrado el dinero que le tenían prometido: recogió treinta sacos y cobró 20.

Tampoco fue a verle al hospital. Ni al piso en el que reside, desde donde vio cómo expiraba su permiso de residencia en España. Jon es colombiano, y sus papeles caducaron el 8 de marzo, mientras se recuperaba de las heridas. Sólo la mediación de la Delegación de Empleo le permitió renovar su documentación. El viernes pasado recibió el escrito para que abonara las tasas y se iniciaran los trámites.

Sueña con Colombia todas las noches, pero no ha pensado en volver. Llegó con un contrato como asistente. De ahí pasó a ser taxidermista. Disecaba ballenas. La crisis justificó su despido a una semana de llegar al mínimo para cobrar el desempleo. Regresó a Colombia unos meses y se dio otra oportunidad. Ahora, ni pierde la sonrisa, ni la esperanza: "Quiero trabajar de lo que sea. Ganar dinero para comprarle una casa a mi madre. Ojalá pudiera hacer un curso de electricidad y fontanería. A eso querría dedicarme".

 

http://www.elcorreoweb.es/sevilla/118189/euro/saco/naranjas

 

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