Eternos temporales, parciales con horas extra, pluriempleados: las caras de la nueva precariedad


"Estoy contratado en un bar de tapas de forma temporal y a tiempo parcial. Oficialmente mi jefe me da de alta en la Seguridad Social 15 horas semanales, pero mi jornada de trabajo real las triplica". El testimonio de Pablo Martín, que trabaja como camarero en Madrid, es cada vez más común desde el inicio de la crisis y desde la puesta en marcha de la reforma laboral en 2012, por parte del Gobierno del PP. Su testimonio es una de las múltiples caras de la precariedad laboral en España.

Porque no existe una sola precariedad laboral. La reforma del mercado de trabajo, unida a la crisis económica y el fraude laboral han generado una incontable casuística con algunos puntos en común: condiciones de trabajo marcadas por salarios por debajo de la media, inseguridad y práctica exclusión respecto la negociación colectiva. Martín, de 29 años, apenas percibe una nómina mensual de 600 euros por su trabajo, al que dedica más de 40 horas reales a la semana. "Recibo por ello otra parte de mi sueldo en negro. Sé que esta situación me perjudicará especialmente si me quedo en el paro, ya que recibiré una prestación mucho menor", explica. Su jefe, un empresario del sector hostelero, le dejó claro que éstas iban a ser las condiciones, y que si no las aceptaba otro en su lugar lo haría. "Las condiciones laborales en España son cada vez peores, y no tienen comparación con otros países desarrollados", lamenta Martín, quien reconoce que hace unos años también trabajó como camarero en Irlanda, donde ganaba tres o cuatro veces más al mes, en función de las propinas. "Los empresarios españoles no valoran a sus empleados y los explotan demasiado. Un amigo mío informático trabajaba en una empresa española y ganaba apenas 850 euros al mes. Desde hace un año se ha ido a vivir a Estados Unidos, y por el mismo empleo cobra más de 5.000 dólares mensuales", asegura. Son solo dos ejemplos, pero la precariedad tiene más caras:
"No llego a 10 años cotizados"

A sus cincuenta años de edad, Juan Ambrosio (Badia del Vallès, Barcelona), ha trabajado haciendo de todo: Como repartidor, mozo de almacén, administrativo, limpiando y sirviendo en bares y hoteles, cuidando niños… "La lista es interminable", dice, al tiempo que reconoce que solo recuerda un empleo que o fuera eventual o precario: "Fue en 1991, trabajé tres años en una empresa de inyección de plásticos. Cuando me tenían que hacer fijo, me echaron". En abril de 2010, Ambrosio se quedó en paro, y desde hace cinco meses perdió cualquier tipo de prestación o ayuda. "Me quedé sin recursos. Se acabaron todas las ayudas y sobreviví gracias a la Cruz Roja, a Cáritas, a las parroquias… fue muy duro", recuerda este trabajador que siempre se ha visto en la tesitura de priorizar el cobro de un sueldo en negro a tener un contrato reglado. "En mis circunstancias no llego a 10 años cotizados". Ahora tiene un contrato de tres meses en un bar.

“Casi toda mi vida laboral he tenido contratos temporales”

Ni su amplia experiencia profesional ni el hecho de hablar inglés o alemán ha sido suficiente para que Ainhoa García, de 37 años, haya podido establecerse de forma estable en un trabajo con un contrato mínimamente digno. Según explica esta valenciana, estudió Integración Social, pero a lo largo de su trayectoria la mayoría de sus trabajos han estado vinculados al sector turístico: “Siempre me ha encantado viajar, por eso estuve una temporada viviendo en Inglaterra y Alemania donde trabajé en el sector de la hostelería como recepcionista y camarera, aprovechando para aprender ambos idiomas”. A su regreso, Ainhoa encontró trabajo en la Ciudad de las Artes y las Ciencias como guía turística y atención al público durante unos 9 años, “siempre con contratos temporales hasta que hicieron un gran ERE y echaron a la calle a media plantilla y sobre todo a los que estábamos con este tipo de contratos”.
Pero su amplia experiencia no acaba ahí: Ainhoa también ha trabajado en El Corte Inglés, en la Copa América, en productoras de televisión como auxiliar de producción y coordinadora de azafatas (TVE), en incluso de chófer y “hasta de figurante si ha hecho falta”. Sin embargo, ante el panorama laboral existente, decidió hacer un pequeño paréntesis para estudiar Fotografía Artística, estudios que se vio obligada a abandonar, aunque por una buena causa, “el nacimiento de Martín, mi precioso bebé que acaba de cumplir 7 meses y que por circunstancias tengo que sacar sola adelante”. Actualmente, Ainhoa ha cambiado estudios, sueños e ilusiones “por una desesperación constante”, pues es madre soltera, no tiene trabajo y le ha quedado “un penoso subsidio de 330 euros”, por lo que ha tenido que volver a casa de su luchadora madre con su hijo Martín: “Actualmente estoy buscando desesperadamente un trabajo que me permita cubrir los gastos mínimos para mantener a mi hijo”.

"Tengo un contrato indefinido que no lo es"

Gerardo (32 años) es guionista y trabaja desde hace años para una productora de televisión, aunque con "parones". "Tengo un contrato fijo discontinuo. En teoría es indefinido, pero en realidad no lo es. Ya dura más del tiempo legal, pero sigue siendo la única opción que me ofrecen", explica. Y es que esta fórmula elegida por la empresa que le paga le permite sustraerle buena parte de los derechos amparados por el Estatuto de los Trabajadores. Así, por ejemplo, no tiene derecho en la práctica a unas vacaciones pagadas, a pesar de trabajar todo el año: "Me echan el 31 de julio y me vuelven a contratar el 1 de septiembre. Las vacaciones me las pago yo". El anterior "parón", en cambio, fue más largo: estuvo más de un año parado, solo que al ser fijo discontinuo, se tuvo que ir sin cobrar un euro de indemnización. Además, la condición de fijo discontinuo implica problemas a la hora de solicitar ayudas públicas como la de guardería, ya que oficialmente consta como si yo fuera un empleado a tiempo parcial", denuncia, al tiempo que reconoce que esta práctica fraudulenta no es extraña en su sector: "No soy el único", concluye.

Pluriempleado: "Trabajo en dos sitios para llegar a fin de mes"

Felipe Terciado (26 años) es periodista. Trabaja a jornada completa en un periódico digital, empleo por el que cobra unos 800 euros mensuales. "Tengo un contrato en prácticas con el que solo percibo una parte del sueldo que me correspondería. La empresa puede prolongar esta situación hasta cinco años gracias a la última reforma laboral", indica. Con este sueldo, en la capital de España, "es bastante difícil vivir. Son más de 400 euros de alquiler, más los gastos fijos…", señala. Es por esta razón que Terciado ha tenido que buscarse unos ingresos extra escribiendo un blog perteneciente a otro medio de comunicación. "Gracias a esta colaboración me quedo en unos 1.100 euros al mes. No puedo ahorrar prácticamente nada y te quedas sin margen si surgen imprevistos: El otro día me tuve que poner dos empastes y me quedé bastante jodido para llegar a final de mes", recalca. "Con este panorama tienes que construir tu vida sabiendo que vas a estar con el agua al cuello", añade Terciado. Lo más contradictorio, en su opinión, es que además se ve obligado a estar "contento. No me sale quejarme viendo la situación en la que están otros compañeros que no encuentran siquiera un empleo", dice.
"No me hacen jornada completa, pero me piden horas extra"

 Para María Jesús (30 años, auxiliar de clínica), la precaridad procede de su jornada de trabajo. En la clínica de depilación que la han contratado solo le ofrecen un contrato a tiempo parcial, pero esto no le permite ganar suficiente dinero para vivir. "Son apenas 680 euros al mes, pero solo de alquiler son más de 400 euros, y eso sin contar otros gastos", lamenta. Con esta situación, a María Jesús no solo no le llega el dinero a fin de mes, sino que no le alcanza "ni para mediados de mes", reconoce. "En la empresa aprecian mi trabajo, pero no me ofrecen una jornada a tiempo completo, tan solo horas extra de vez en cuando", comenta.

De becario a empleado con "tarifa plana"

El de Juan Manuel García (29 años, biólogo que trabaja en la limpieza de zonas fluviales) es un caso similar al de otros miles de licenciados y titulados en España. El hecho de trabajar en el sector para el que estudió le empuja a aceptar unas condiciones muy por debajo de sus expectativas: "Empecé hace unos años como becario con un contrato en prácticas a través de la Universidad Complutense. Después de un año así me ficharon con un contrato de fin de obra". Es decir, que si bien no es un temporal, sabe con certeza que su empleo tiene fecha de caducidad. "Avisándome con 15 días de antelación la empresa puede rescindir mi contrato cuando quiera, y a cambio solo me tiene que dar una pequeña indemnización. Así, por ejemplo, si de mayo a septiembre cae la facturación por causas estacionales, pueden despedirme y volverme a contratar en octubre", explica. Especialmente sangrante, en su opinión, es que a cambio de un salario de apenas 900 euros le exigen una implicación y una exclusividad equiparable a un alto cargo: "No participo solo en el proyecto que fija mi contrato, sino que realmente estoy metido en todos. Es lo que yo llamo la tarifa plana", ironiza. También le exigen estar disponible en todo momento, tanto en vacaciones como festivos y fines de semana. "Trabajo en algo que me gusta, pero evidentemente me quejo", concluye.
http://www.20minutos.es/noticia/2125950/0/testimonios/caras/de-la-precariedad/#xtor=AD-15&xts=467263

 

 

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