Pesadilla en las cafeterías de la Universidad Pablo de Olavide: las tropelías de Arjona Porcel

Entrevista realizada por Enrique Martín Criado, miembro de ABP


Cuando en 2015 las empleadas de la cafetería en la U.P.O. se enteraron de que la empresa Arjona Porcel sería su nueva empleadora, teclearon su nombre en Google para tener más información. “Saltaron todas las alarmas”: la empresa protagonizaba múltiples denuncias por abusos laborales. Tres años después la cafetería de Plaza de América está cerrada, la mayoría de la plantilla lleva meses sin cobrar el salario, varias personas han tenido que tomar en varias ocasiones bajas por ataques de ansiedad o pánico ante las continuas vejaciones y humillaciones, se ha generalizado el consumo de tranquilizantes en la plantilla y se acumulan las denuncias ante inspección de trabajo.

Maltrato, vejaciones, humillaciones, impago de salarios, amenazas, castigos a quien se sindique o denuncie las múltiples ilegalidades de la empresa, vulneración de derechos fundamentales, desprecio absoluto del convenio y de la legislación laboral… estas son algunas de las realidades que las trabajadoras y trabajadores de Arjona Porcel en la cafetería y el comedor de la Universidad Pablo de Olavide han sufrido durante años y que han relatado a ABP.

Arjona Porcel S.L. se hace con la contrata de la cafetería en 2015. Desde el principio, el dueño se hace notar por sus maneras despóticas.

Cuando se hizo con la cafetería, primero se pasó unos días a ver cómo trabajábamos. Y el primer día que lleva él la cafetería nos reúne a todos en círculo y comienza a recriminarnos a gritos, persona a persona, señalando con el dedo: “¡Tú, porque aquí se va a acabar esto!”, “¡Tú, porque aquí se va a acabar lo otro!”.

El primer mes el salario llega puntual el día 1. Sería la última vez: desde entonces se cobra el 15, el 17, el 20…  hasta que llega el verano de 2016: sólo las personas con contratos fijos discontinuos perciben el salario cuando les corresponde; el resto ha de esperar hasta septiembre para percibir los salarios de julio. Además, en la nómina desaparecen algunos pluses recogidos en convenio, como el plus de asistencia.

El segundo año el dueño dice a todas las personas con contratos indefinidos que han de convertir sus contratos a fijos discontinuos. Les pone por delante un “acuerdo” que han de firmar “sí o sí”; si no lo hacen, tendrán “que atenerse a las consecuencias”: pasar otro verano sin cobrar el salario. Las trabajadoras acuden a un abogado. Este les dice que esa propuesta es ilegal. Ahora bien, si, por temor a no cobrar, deciden firmar, les aconseja que consten en el acuerdo las fechas de reanudación de la actividad. De las cinco personas que eran indefinidas, tres deciden firmar sólo con la condición de que haya una fecha de reinicio. El dueño entra en cólera. Ese día, una de las trabajadoras que no había firmado sufre una encerrona en el cuarto de baño cuando todas sus compañeras están en pleno bullicio de trabajo -era la época de selectividad-:

Su sobrina, a la que había metido en plantilla, estaba gritándome sin venir a cuento, yo me puse nerviosa, le dije que no me tenía que insultar y empezamos a discutir. En eso entra él en el cuarto de baño y me cierra la puerta, no me deja salir, me insulta, me llama de todo, yo le decía que me dejara salir, él no me dejaba, gritándome, la sobrina también. Salí de allí llorando. Mis compañeros los que pudieron me atendieron, porque estaban todos acojonados también. Vinieron los auxiliares porque salí corriendo de allí con un ataque de ansiedad, vinieron mis padres a recogerme, salí de allí con un cuadro de ansiedad y me dieron un papel para el juzgado de guardia. Pongo una demanda, me doy de baja, me llaman de la universidad, de la oficina contra el acoso, me dicen que me van a llamar, que me tranquilice, que me vaya a mi casa, que se va a escuchar a las dos partes

Pasa el verano: nuevamente los salarios no se perciben hasta septiembre a pesar de haber firmado el paso a contratos fijos discontinuos. La trabajadora que ha sufrido el atropello recibe la noticia de que su denuncia en el juzgado ha sido archivada porque se tramitó por lo penal e insultos y vejaciones no están tipificados en el código penal –yo puse mi denuncia, nadie me preguntó si penal o civil, y ahora la archivan-. En la universidad una mujer encargada de estos casos le atiende personalmente -la trabajadora le está muy agradecida-, pero la institución no llega a resolver la situación.

El incidente resultó tan violento que esta trabajadora aún lo resiente. Durante mucho tiempo sufrió una enorme inseguridad al ir al trabajo

Me dejó indefensa, yo llegaba a trabajar con pastillas, con gotas debajo de la lengua, el olor de la colonia no se me olvidará en la vida

Insultos, humillaciones y vejaciones

La encerrona en el cuarto de baño no es un incidente aislado. El maltrato a los empleados -y especialmente a las empleadas- ha sido continuo durante estos años. Muchas y muchos han salido del trabajo con ataques de ansiedad, algunas han tenido que darse de baja. Dos de las trabajadoras entrevistadas relatan que ya el primer día de trabajo fue un infierno: el dueño les grita, golpea los platos, profiere amenazas a escasa distancia de sus caras.

– Cuando llegué a mi casa me dice mi marido: ¿qué, cómo ha ido el día? Me eché a llorar. Yo decía: yo no me lo creo, yo esto no me está pasando

– Es que son muchas cosas. Te vas a trabajar llorando y vienes de trabajar llorando, es que no tienes motivación para ir a trabajar, por cómo te miran, por cómo te tratan

Una compañera que trabajaba en la cocina, sometida a continuas vejaciones y humillaciones, no pudo resistirlo más.

A ella la machacó. Acabaron con ella. Le mandaban ir a la oficina continuamente para gritarle, para humillarla. Si se ponía a cantar en la cocina, la recriminaba: “¡Aquí no se canta!”. Le echaba todo en cara. Tuvo tantos ataques de ansiedad que hasta vinieron sus hermanos una vez buscando al dueño. Al final empezaba a trabajar poniéndose una gotita debajo de la lengua. Un día la vi intentar emplatar una pechuga de pollo y una ensalada: no podía, le temblaban las manos. Pensé: han acabado con ella. Ahora tiene incapacidad permanente.

La humillación de las trabajadoras es una práctica cotidiana de la empresa: insultos, recriminaciones, gritos, comentarios despectivos…. Muchas han de tomar tranquilizantes. El maltrato forma parte del ADN de la empresa: durante la entrevista las trabajadoras saludan a otra amiga que había trabajado en la misma empresa, en el pabellón de deportes de San Pablo.

Le hizo limpiar las gradas del polideportivo de rodillas con una cuchilla seis horas. La humilló tanto que una vez llamó al 061 y es el propio 061 el que puso una denuncia a esta empresa. Ella no podía hablar, no podía comer. Sus compañeros tenían que hacer como si no existiera, tenían prohibido hablar con ella. Si alguna compañera hablaba con ella era en el cuarto de baño, a escondidas. Aún ahora pronuncias el nombre de él delante de ella y se pone nerviosa. Se pone como la que es maltratada por el marido.

Ese maltrato se une a todo tipo de abusos en las distintas instituciones en que ha estado Arjona Porcel. Una inspección de trabajo descubrió que en el pabellón de deportes de San Pablo había numerosos trabajadores sin dar de alta en la Seguridad Social: se le impuso una multa de 30.000 euros. En la Universidad de Huelva obligaba a las empleadas a pintarse los labios, despidió al delegado sindical… La plantilla se movilizó apoyada por el profesorado: el conflicto duró un año hasta que el rectorado buscó otra empresa para la cafetería.

¿Conciliación familiar? ¿Horarios?

En Arjona Porcel SL el tiempo de las trabajadoras ha de estar a disposición de la empresa.

Según el convenio colectivo, las horas extraordinarias han de pagarse o devolverse a cambio de horas ordinarias a razón de 2 horas ordinarias por una extra realizada. En Arjona Porcel no se pagan: se devuelven. Pero no 2×1, sino una hora extra por una ordinaria. Y no cuando lo decidan las trabajadoras, sino cuando lo decida la empresa. De esta manera, la empresa puede pedir que se realicen horas extraordinarias sin avisar con antelación; también ha ocurrido que tras ir a trabajar les digan que se vayan a casa porque no hay apenas clientela: tras desplazarse a la UPO se enteran de que esa mañana les “devuelven” en horas ordinarias las horas extras.

Al principio lo pedían como favor. Luego se convirtió en obligación: tenías que hacer las horas extra que te exigieran. Una noche me llama a las 10 de la noche para que entrara al día siguiente a las 8, porque otra persona se había dado de baja. Y yo iba. Ya cuando vimos que no nos pagaban, pues ya no cubríamos cuando nos lo decían. Entonces ya vienen a por nosotros: ya te castiga con lo que puede.

Tiene una libreta normal donde va apuntando las horas a las que se entra y sale. Luego tiene un formulario oficial para inspección de trabajo que tienes que firmar. En el formulario, firmo todos los días de 9 a 4; en la libreta, de 9 a 4:30, de 9 a 5, y eso no aparece en el papel oficial. Oficialmente estás echando 8 horas, pero en realidad echas 9, 10…

Quien quiera evitar problemas ha de estar completamente a disposición de la empresa: no sólo ella, sino toda su familia, porque los hijos no se pueden guardar en una taquilla esperando que la madre tenga tiempo

Si llama a las diez, tienes que llamar a tu madre para dejar a la niña, para hacer una comida, para hacer todo, una ropa, recogerlas…

Conciliación familiar: este término le resulta extraño a Arjona Porcel. Una trabajadora tenía reducción de jornada con concreción horaria por cuidado de menores con la empresa anterior: su contrato era ahora de 7 horas y siempre en un horario que le permitiera atender a sus hijos.

Cuando entra la empresa se sientan conmigo y me dicen que tengo que estar a 8 horas. Yo digo que es imposible, que por eso he pedido la reducción. Lo único que puedo hacer es quedarme más tiempo. Esa hora no la cobro, y además me cuesta una hora extra de la guardería, lo hago por la empresa, es una empresa nueva, para ayudarla a que salga adelante. Al final estaba haciendo el mismo trabajo de 8 horas y cobrando 7 horas. Y no se respetaba la concreción horaria: yo tenía que trabajar de lunes a viernes y he trabajado en oposiciones, incluso ir un domingo para una hora. Al final no se cumplía ni reducción de jornada ni concreción horaria y yo estaba cobrando menos.

Formación de la sección sindical y represión antisindical

Tras comprobar, al final del verano de 2017, que nuevamente no había pagado los meses de verano hasta septiembre, varias trabajadoras deciden constituir una sección sindical. Piden una reunión con el jefe y exigen varios puntos básicos: que se paguen los salarios puntualmente, que se compensen las horas extras como viene recogido en el convenio, que se respete la reducción de jornada con concreción horaria… En resumen, que se respete la legislación y el convenio. Se llegó al acuerdo de que la empresa iba a respetarlo. Nunca respetó nada de lo prometido. Es más, el ambiente se deterioró aún más y se multiplicaron las sanciones, especialmente contra aquellas personas que estaban sindicadas.

En febrero de 2018, Juan Diego, secretario de la sección sindical, se ausenta tres días por un familiar hospitalizado en otra ciudad. A pesar de presentar todos los justificantes, recibe un despido disciplinario. Aunque el dueño sabe que seguramente perderá el juicio por vulneración de derechos fundamentales, cuenta a su favor con la lentitud de la justicia: mientras se espera juicio, el trabajador está sin trabajo y su ejemplo sirve de escarmiento. Sus compañeras organizan una concentración, pero no reciben casi ningún apoyo del resto de la universidad.

Desde entonces, se multiplican las sanciones. El dueño ha llegado a cambiar de puesto a trabajadoras para asignarles tareas que no saben hacer: aunque den peor servicio a la clientela, ello les sirve de castigo por protestar o sindicarse. Ello no ha impedido que las trabajadoras interpongan denuncias ante inspección de trabajo. En ellas se puede leer, no sólo que vulnera derechos fundamentales -no paga salarios de forma selectiva, perjudicando a quienes estén sindicadas- o que obliga a trabajar en condiciones peligrosas -el suelo está en mal estado, hay cables empalmados con cinta aislante por donde se pisa y cae agua-, sino que además se sirven productos caducados o que falta higiene -a veces no hay lavavajillas, se lavan platos y vasos con agua y algo de lejía-.

En la actualidad la mayoría de la plantilla lleva dos o tres meses sin cobrar: unas desde mayo, otras desde junio o julio. Sin salario, alguna trabajadora se ve obligada a combinar el trabajo semanal en la cafetería de la UPO con trabajo en empresas de catering desde el viernes por la noche hasta el domingo por la tarde (“cuando me reincorporo el lunes a trabajar a la cafetería, estoy agotada”). Pero sin salario principal, la situación en su hogar es muy apretada

Mi hija viene y me dice: no te preocupes, los cuadernos he quitado las hojas para que me duren más. Tiene doce años. Mamá, el día que tú cobres vamos a comprar aquí no sé qué. El día que tú cobres, mami, vamos a comprar la colcha. Dice “el día que tú cobres”, no “el día que tu trabajes”. Mami, me he comprado este bolígrafo que es más barato.

El impago de salarios es personalizado: a unas personas les debe más meses que a otras. El empresario lo utiliza como medida de castigo contra quienes han protestado, denunciado o se han sindicado. A alguna trabajadora le ha dejado claro que no pensaba pagar. También ha castigado a trabajadoras fijas discontinuas sindicadas: en vez de llamarlas en la fecha en que, según sus contratos, debían reincorporarse en septiembre para trabajar en el comedor de Celestino Mutis, se ha saltado la lista de antigüedad y ha llamado a personas con menos antigüedad que ellas -pero que no están sindicadas-.

Ante esta situación, las trabajadoras deciden hacer unos paros, que debían comenzar el 3 de octubre, para que toda la universidad se entere de la situación que están sufriendo. Cuando el dueño se entera de la convocatoria, aparece en la cafetería y a la vista de todos cambia los cuadrantes horarios con un bolígrafo, de manera que todas las personas que iban a parar no trabajaran justamente en las horas en que estaban convocados los paros. El abogado les dice que fotografíen los cuadrantes, pero en ese momento sólo queda una trabajadora sindicada junto al encargado, el dueño y la sobrina del dueño:

Parece muy fácil, pero ¿quién se atreve a hacer una foto ahí? Te comen. El abogado nos dice que hagamos la foto y la llevemos a inspección. Pero ¿qué inspección? Si ya llevamos varias denuncias y nada.

 Ya la única alternativa era hacer una concentración, pero…

¿Qué vamos a ir, cuatro ahí a concentrarnos mientras que la cafetería sigue abierta? Porque tenemos los antecedentes de la concentración cuando despidieron a Juan Diego, los usuarios de la cafetería: “¿qué es lo que pasa?”, sin darse por aludidos, sin acercarse a preguntar. Era humillante, yo me pegué una pechá de llorar, cuando vi a mi padre con 70 años, la encargada grabándome, una situación super tensa… Así que no vamos a repetirlo.

Actualmente la cafetería de Plaza de América está cerrada, la universidad está buscando una empresa que la gestione. Mientras tanto, las trabajadoras siguen sin cobrar y con la incertidumbre de no saber qué va a ocurrir. El viernes 28 de septiembre tuvieron un acto de “conciliación” con el dueño ante tres mediadores en el SERCLA (Servicio Extrajudicial de Resolución de Conflictos Laborales). El dueño se presentó sin ofrecer nada tangible a cambio de que se desconvocasen los paros. Con tono y gestos chulescos, sólo se ofreció a pagar un mes de los que se deben el 30 de octubre.  En un momento, ante las denuncias de los trabajadores de que llevan meses sin cobrar, llegó a decir: “Buáh, pues en Vélez Málaga llevan tres meses sin cobrar y no pasa nada”. Los mediadores no podían creer lo que estaban oyendo y llegaron a preguntarle: “Usted entonces, ¿para qué ha venido? Usted no trae acuerdo”. Al final, ante las acusaciones que recibía, fanfarroneó bravucón: “Como decía mi padre, es mejor que hablen de mí, aunque hablen mal”. Se levantó, firmó y salió: “Ea, hasta luego”.

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Jordi
Invitado
Jordi

Soy el marido de una de las empleada que estaba en San Pablo y después en Pablo Olavide y se lo que se dice impotencia durante tres años viendo a mi señora con pánico para ir a trabajar es mas hasta llegar a denunciar por la c.n.p en la comisaría de Nervión espero que se haga justicia MUCHA suerte tanto para mi mujer e igualmente para sus compañer@s un saludo cordial Unión y fuerzas

Nuria
Invitado
Nuria

Muchas gracias Jordi